Nuestra Manhattan

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Autor: Marías Eugenia Trías

«No se escoge en qué momento escapar, solo se escapa y listo.» La alojan en el altillo, una habitación enana por donde todos deben pasar para colgar la ropa. Por la puerta que da a la azotea se cuelan hojas, polvillo, humedad. Los gatos entran y salen, Yeison rebota. Suenan las canciones de Pedro, la flauta de Sara, los ladridos de Estefanía, los ronquidos de Horacio. Hay fragancia a jazmín, a desodorizante de entorno de Concepción; hay fragancia a las fiestas de Isabel; hay fragancia a Gastón. Ella ve y escucha todo, entonces lo anota en su libreta. Se imagina en otro lado, mas prosigue ahí, confundida con el tono de las paredes. La casa se llena de gente, de inquilinos, de convidados. La casa se llena con cosas que a otros les sobra, no obstante, nada es de absolutamente nadie. Un saco negro en el cuerpo de muchos, pescados desbordando la heladera, migas que se mezclan con las gotas de sudor, los pelos de la ducha que son como cabezas atascadas en los caños. La casa respira. En ocasiones es un laberinto, en ocasiones, la fuga y, en ocasiones, el hastío de la quietud. La casa es el mapa y, asimismo, la trampa. La casa es el calor de todos y cada uno de los tiempos, es la lluvia inundándolo todo, es verano y es invierno, todo junto, atravesando la puerta del altillo. La casa es una urbe entera. Felipe Palomeque