Durruti En El Laberinto

$1.130,00

Agotado

Autor: Miquel Amoros

«¿Quién está muerto a Durruti?» es el interrogante que ha pervivido como una de las cuestiones vitales de la revolución, la guerra y la contrarrevolución que, entre mil novecientos treinta y seis y mil novecientos treinta y nueve, se disputaron aquel presente a vida o bien muerte. Mas, como muestra Miquel Amorós, dicha pregunta no encierra solo la duda sobre las circunstancias específicas del óbito de Buenaventura Durruti, sino más bien asimismo la pregunta sobre quiénes contribuyeron y de qué manera a la derrota de la revolución social que se estaba generando en medio de la lucha contra el fascismo. Acompañando los pasos de Durruti desde los días siguientes a las jornadas de julio, cuando la columna que llevó su nombre se dirigía a Zaragoza, hasta su llegada a la capital de España, esta investigación va dibujando los sujetos y las ­guras que conforman el laberinto que el revolucionario debió recorrer a lo largo de sus últimos meses. Marxistas y agentes estalinistas, el Gobierno y la propia dirección comiteril cenetista jugaron diferentes papeles hasta conducirlos, a él y a su columna, a una ratonera —en el sentido menos metafórico de la expresión—. Si mandar una parte de los milicianos a la capital española sirvió para aplazar por siempre una victoria definitiva como era la toma de Zaragoza, en la capital —de donde había escapado el Gobierno— la columna fue destinada, sin reposar, al avispero de la Urbe Universitaria, que estaba a puntito de caer a cargo del ejército de Franco. Durruti en el laberinto aporta nuevos testimonios que abundan en la hipótesis de la responsabilidad de agentes estalinistas en su muerte, supuestamente fortuita; sin dejar a un lado la complicidad de la burocracia cenetista en el Gobierno, tanto en llevarlo cara el callejón sin salida al que fue conducido, como en el ocultamiento siguiente de las circunstancias reales de la desgracia y en la fetichización de su fi­gura. Recuerda Amorós que Mariano Rodríguez Vázquez, Marianet, el entonces secretario general de la Confederación Nacional de Trabajadores, «reunió a todos y cada uno de los testigos y les amenazó a guardar silencio» y concluye que «a Durruti le mataron sus compañeros; le mataron al corromper sus ideas».